Beau tiene miedo. (Y yo también)

Hemos de lograr que en un mundo tan incierto como el actual, en una sociedad cambiante donde solo oímos hablar de peligros que nos acechan fuera de casa, podamos sentirnos seguros para salir de ella.
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Hace unos meses vi la película Beau is Afraid. La vi en tres días diferentes. No es una película fácil, ni siquiera sé decir si me gusta. La película contiene muchas películas en una, todas con un denominador común: el miedo.

 

La historia comienza con Beau visitando a su terapeuta antes de viajar a casa de su madre. Vive esa visita con ansiedad, y para calmarla, el terapeuta le receta unas pastillas con una advertencia inquietante: “No las tomes sin agua, son muy peligrosas.”

A partir de aquí se desencadena una secuencia aterradora por lo cotidiano de lo que muestra. Beau vive en un edificio terrible, situado en un barrio repleto de saqueadores y asesinos, con cadáveres por las calles. Todo eso sucede justo frente a su portal. A pesar de ello, Beau, encerrado en su casa, se siente seguro. Poco después, se desencadenan una serie de hechos que lo empujan a emprender un viaje donde todo lo que sucede es extraño. Él se somete a la realidad —o a lo que cree que es la realidad—. Si algo puede salir mal, saldrá peor. Beau is Afraid no muestra la realidad, sino los peores miedos de Beau haciéndose realidad.

Recuerdo mi infancia y adolescencia. Todo me daba miedo. La epidemia de heroína que recorría las calles me obligaba a estar siempre atento. Desarrollé un sexto sentido para “oler” el peligro y apartarme unos segundos antes de que llegase. Era como una especie de radar, como el de los murciélagos, que evitaba que chocara contra una pared. Y si no tenía tiempo, me transformaba en camaleón y conseguía fundirme con el fondo.

 

A pesar de ese miedo casi atávico que sentía, nunca me impidió recorrer las calles, moverme con libertad, transitar espacios y lugares que para otros eran poco recomendables. Pero claro, tenía 15 años y vivir era una prioridad. A pesar de mis miedos, mi entorno no me paralizaba.

Ahora es diferente. El miedo está en otro lugar, más profundo. Es un miedo cuyo síntoma es la ansiedad. Lo respiras, o mejor dicho, te dificulta respirar. Provoca suspiros, hace que tengas que aspirar profundamente porque notas que las respiraciones anteriores no fueron suficientes. Este miedo no es algo físico, no está provocado por lo que ves. Es un miedo a la incertidumbre. Es tu cerebro quien lo provoca, aunque las sensaciones que genera sean físicas. El miedo está instalado en mi cuerpo, y cualquier situación, por pequeña que sea, puede activarlo.

Creo que esto que describo no es algo único. Esta es la nueva epidemia que estamos padeciendo, la salud emocional está en peligro. Cada vez hablamos más de ella. Escuchamos a personas que dicen, “Sí, yo también lo he sufrido. He transitado por la cornisa.” Futbolistas, cantantes, políticos… figuras con relevancia pública. Y ante esto decimos: Bien, ya no es un tabú. Eso está muy bien, pero hemos de pasar al siguiente nivel, fortalecer nuestras emociones. Y, sobre todo, lograr que en un mundo tan incierto como el actual, en una sociedad cambiante donde solo oímos hablar de peligros que nos acechan fuera de casa, podamos sentirnos seguros para salir de ella.

Y esa fuerza a veces la tenemos más cerca de lo que pensamos. No viene de esas pastillas que no puedes tomar sin agua. Esas pastillas cortan la hemorragia, pero no curan la herida. La fuerza está en nuestras familias, nuestras amigas, nuestra comunidad. Estrechemos nuestros lazos ante la incertidumbre. Mostrémonos vulnerables con nuestra gente frente a las amenazas.

 

Os escribo desde El Palomar de Jose en el Raval.

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